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Pitoya Camalich Massieu, Cerámica y Marroquinería

Pitoya Camalich Massieu es una experta artesana de la cerámica y también especialista en marroquinería, una grancanaria afincada en Fuerteventura (Tarajalejo) desde hace treinta años y muy capaz de trasladar su fuerte vínculo con las islas que habita y que respira a todo su trabajo. “Me siento muy, muy canaria: ¡más canaria que el gofio!”, confirma Pitoya, con quien el interlocutor pronto detecta que su artesanía es una cuestión de identidad y de espíritu contemporáneo.

Siempre interesada en los avances de la tecnología, esta mujer de intensa visión creativa no ha dudado en aplicarlos a su oficio, para lograr nuevas texturas que evocan el primitivo arte aborigen con igual eficacia que conecta con el presente. Lo suyo, tras pasar por el horno, es arena, malpaís y lava transformados en algo que, sin embargo, no se atreve a llamar arte. “El arte es otra cosa, aunque sí que me siento muy creativa”, apunta ella, “positiva siempre”, e hija, nada menos, que de Lola Massieu. 

¿Cómo es que una grancanaria como usted acabó en Fuerteventura?

Llevo aquí casi 30 años. Vine a dar un curso de un mes en la Universidad Popular, en 1988. En 1989, lo di de tres meses. Y al final me quedé durante tres años. Luego seguí aquí: me he dedicado al comercio, a los negocios, viajando a Marruecos, Thailandia o Barcelona. Y siempre trabajando en el taller de cerámica. Y ahora, además, me dedico a la marroquinería. Cuando llegué había 34.000 habitantes en la Isla, y ahora hay 120.000. ¡Imagínese toda la Isla con 34.000 habitantes! Lo que a mí me gustó mucho era la relación que había entre toda la gente del Norte, el Sur y el Centro. Te movías y toda la gente se conocía entre sí. Viniendo de Gran Canaria, era algo que llamaba la atención. Hoy, de todas formas, Fuerteventura sigue siendo un paraíso

¿Cómo se inició en la cerámica?

Empecé con Justo Cubas en San Mateo, en Gran Canaria: en un verano estuve con él aprendiendo. Y luego ya pasé a estudiar con Eduardo Andaluz. Y con Ramón Fort también he hecho cosas puntuales, en su escuela en Girona. 

Y más allá de su formación, ¿cómo se despertó su vocación por la cerámica y la artesanía?

Yo, por familia, la artesanía la tenía siempre presente. En mi casa siempre lo vivimos, también con mi madre: la realidad es que eso era nuestro día a día. El gusanillo siempre estuvo ahí. Eso sí, cuando descubrí el barro, para mí ha sido todo un disfrute. Por todo lo que te permite, es muy especial.

Menciona a su familia. Es hija de una mujer que siempre se mostró con mucha personalidad como artista. 

Sí, es cierto. Y poquitas artistas mujeres tenemos en Canarias. Afortunadamente, fue reconocida en vida, aunque le costó lo suyo. Imagínese. En aquellos momentos, que una mujer se dedicara al arte no era fácil de asimilar. Y fue una luchadora con la artesanía: recuerdo verla protestando en favor de las caladoras canarias, por ejemplo. Era una mujer valiente, con mucha fuerza interior, y lo plasmó en toda su obra. Luego tengo que decir que yo me siento muy muy canaria: más canaria que el gofio. Eso también es algo que mi madre también me transmitió. Soy de mis raíces, mi tierra y mis playas. 

«Soy de mis raíces, mi tierra
y mis playas»

Caja cuadrada negra diseñada por la artesana ceramista Pitoya

En lo que atañe a su producción cerámica, parece mantener una obsesión para que todos sus trabajos sean piezas que tengan una utilidad.

Sí,  procuro producir un trabajo con sensibilidad, pero también que sea útil. Hago cerámica: tengo la posibilidad de hacer lo que el material te permite. Pero si hago una cajita, que sirva para guardar algo, aunque sea muy pequeña. No es una obsesión, pero me preocupo de cómo pasar de lo meramente decorativo a lo utilitario. Creo que si lo consigues, es un plus. Porque no se trata sólo de decorar, sino que puedas usar una caja para guardar algo. Se trata de darle un uso: lo mismo que ocurre con un collar, que adorna el cuello como una prenda y que es algo que llevamos haciendo desde siempre. 

¿Su trabajo es un arte?

Sí que puede llegar a ser un arte, pero para mí hablar de arte es hacerlo de un escalón que está más arriba. Yo me considero una artesana, creativa y con vocación. El arte es otro plano: es lo que ves detrás de la obra. Uno puede jugar a ser artista, pero no todos llegan a serlo.  ¿Me explico?

No ha dudado en incorporar la nueva tecnología en su día a día. ¿Con qué fin?

Me gusta la tecnología nueva, me gustan las altas temperaturas, hago las pastas yo misma, y hoy puedo trabajar con cocciones a 1.250 grados centígrados. Es tan amplio todo, hay tantas técnicas distintas hoy, y se pueden hacer tantas cosas. Creo que es una ventaja poder emplear estos avances. Eso te permite recuperar de otra manera elementos como los abalorios, que nos viene de muy, muy antiguo. Para mí ha sido muy interesante poder hacerlo con pastas blancas, poderlas colorear. Lo hemos plasmado en los collares, los pendientes, las pulseras. Si me limito a lo tradicional me quedo en los 900 grados.

Para mí ha sido toda una experiencia descubrir las cocciones más altas, a mayor temperatura, menor porosidad en la pieza. Me permite evocar la arena, por ejemplo, que es un concepto que los isleños tenemos muy adentro.

¿Cuál es esa intención de conectar sus piezas con el arte aborigen y con las islas?

Sí que hay una intención con los motivos canarios. De pequeña me decían que no podía bañarme, pero sí podía ir a buscar caracolas. Ese vínculo lo mantengo hoy. Las arenas… yo puedo hablar de la diferencia de colores de las distintas arenas de Fuerteventura. La arena, la lava, el malpaís… han sido mi medio toda mi vida. Lo que quiero transmitir es eso. Me gusta trabar el bloque, hacerles las texturas por fuera, y luego quiero que se asemejen a un volcán, a la arena, a la arena con la lava. Como canaria lo que quiero es plasmar todo eso.

«También rescato esos motivos aborígenes. Su cerámica es tan bonita… Y tiene unas formas que te inspiran. Lo puedes incorporar en una pieza moderna tuya. No se trata de reproducir lo que ellos hicieron, pero sí puedes rescatarlo. Sí que tengo esa influencia.»

¿Cómo valora el papel que desempeña hoy la asociación?

Pienso que estar todos unidos nos ofrece una muy buena oportunidad. Hasta ahora, la verdad que era muy difícil que los artesanos se unieran para hacer cosas. También es importante, por supuesto, el apoyo que se está prestando desde el Cabildo, porque sin dinero es más complicado avanzar. Quizás también la pandemia ayudó, en el sentido de que pasamos a vernos sin expectativas: se cortó todo, ferias, mercados… Fue un momento súper raro. Por mucho que produzca en el taller, si no puedes comercializar el producto estás en las mismas, o peor, porque no puedes vender. Creo que pasar ese momento también ayudó a avanzar.  

Y después de toda esta crisis ¿cuál es hoy su momento?

Ahora quiero hacer cosas nuevas, otro tipo de cajas, y darle todo el tiempo que tengo al taller. También participamos en una feria que se está haciendo nueva en Costa Calma. Ahora hace falta que se normalice todo, y que haya ocupación en los hoteles. 

¿Trabaja por encargo o directamente pone a la venta sus productos?

Lo que hago lo pongo a la venta. Tampoco tengo muchos encargos, aunque sí que los acepto. ¿El más extraño? Sí que me encargaron una vez una urna, para un señor vasco. Lo hice con gusto, aunque al principio me chocó. Y las personas que me lo encargaron lo agradecieron y les gustó. 

¿Quiéres conocer más o contactar con Pitoya?

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